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Mensaje por Shankar Warth el Dom Abr 16, 2017 9:04 am

Todavía sostenía en sus manos el pergamino que le otorgaba el privilegio que pocos en Dokor habían podido obtener, y todo gracias a su posición. No sabía si simplemente era el destino o la suerte le había sonreído. Sus labios esbozaron una enorme sonrisa de oreja a oreja, ansioso. No había fallos en su plan y, lo mejor de todo, es que no sería detectado hasta que ya fuera demasiado tarde. Según el pergamino, su objetivo principal era encontrar a la princesa y protegerla, aunque sabía que durante los años que había estado fuera de Dokor se había podido valer bien. A veces el general resultaba pesado, a pesar de ser un humano de la Tierra que apareció en Dokor por motivos que no ofrecía.

En realidad, sabía que aquella "cosa" era demasiado peligrosa pero podía protegerse bien, él mismo la había visto en todo su esplandor cuando apenas era un simple cachorro. Tras recordar aquello, levantó su mano hacia los vendajes de su ojo izquierdo, recordando cómo había perdido la visión y cómo su familia y vecinos habían muerto sin motivo. De lo más profundo de su garganta comenzó a surgir un ligero gruñido de amenaza.

Suspiró segundos después, tenía que calmarse, serenarse. Comenzó a rebuscar en su bolsillo, cuando recordó que dejó el paquete en la mesita de noche de su camarote. No era un problema, ya que estaba sentado en la cama de éste, por lo que solamente tuvo que alargar la mano y tomar el paquete de cigarrillos y un mechero para poder colocarse uno de ellos entre los labios. Por fortuna parecía que había sido buena idea pedirle al general Jack que cambiara sus monedas de Dokor por las suyas no solo porque en su trabajo le pagaban bien, sino porque parecía que en éste mundo eran la moneda principal.

Expulsó el humo del tabaco por los labios con un ligero soplido, mientras giraba su ojo dorado hacia la ventana. Parecía que el cielo se encontraba raro, no era negro, era azul y había una cosa en el cielo que iluminaba ese mundo. Incluso resultaba agradable, aunque eso no evitó que se preguntara qué diablos era esa cosa ni por qué el cielo estaba en ese color. También pudo ver que se acercaba finalmente a la isla. Según el pergamino, hacía poco que habían detectado que un portal que la princesa cruzó se encontraba en esa isla, por lo que tendría que seguir algún rastro. Tampoco tenía ninguna prisa, había estado esperando más de setenta años para poder vengarse, unos pocos años más no eran nada.

Cuando el barco finalmente paró a su destino, hizo la cama, ordenó todo lo que pudo del camarote, tomó su paquete de cigarrillos y apagó el que tenía, ya que ya se le había agotado, en un cenicero y finalmente tomó sus maletas.

Al salir, el olor a seres híbridos fue lo primero que le alcanzó a su fuertísimo sentido del olfato. Aquello lo sorprendió ya que, al menos en Dokor, estaban casi en peligro de extinción. No le desagradaban a diferencia de la mayoría de los de su mundo, pero era algo realmente sorprendente. Tomó otro cigarrillo y lo encendió, fumando nuevamente mientras se adentraba a la isla.

Lo principal era encontrar a alguien que conociera algo de la isla, encontrar un trabajo de camarero que era más que probable que fuera fácil y por horas tardías se encargaría de su trabajito de asesino a sueldo. Luego tendría que buscar a la princesa e intentar formar un falso lazo. Estaba todo perfectamente planeado.




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